Pero ya era tarde.
—No sabes nada de nuestra relación —dijo.
—Tienes razón.
—Entonces no me juzgues.
—No te estoy juzgando.
—¡Me robaste a mi hijo!
Aquello sí me hizo reaccionar.
—Laura, yo no fui a buscar a Ethan.
Ella calló.
—Él apareció una noche frente a mi puerta.
Mi voz se quebró ligeramente.
—Empapado. Hambriento. Con zapatos rotos. Pidiendo quedarse dos días.
—Eso fue hace veinte años.
—Sí.
—Todos cometemos errores.
—Sí.
—Entonces ¿por qué él no puede olvidar los míos?
La pregunta sonó distinta.
Por primera vez no