El hijo de mi esposo llegó empapado a nuestra puertakara… veinte años después me entregó las llaves de una mansiónkara

rara vez se cierra de una manera tan limpia.

Pero desde entonces dejamos de ser enemigas.

Y eso fue suficiente.

Hoy todavía conservo la vieja taza que Ethan me regaló cuando nació Sophie.

La figura dibujada casi se ha borrado.

El asa está ligeramente rota.

Daniel insiste en que deberíamos tirarla.

Nunca lo permitiré.

Está guardada en el armario más alto de la enorme cocina que Ethan me compró.

A veces la saco.

Y cada vez que lo hago recuerdo aquella primera manzana.

Los tenis pegados con cinta.

La mochila.