que Javier había sido siempre “un padre entregado”. Otra pariente decía que Marta jamás permitiría algo así.
Daniel comprendió algo doloroso: muchos no defendían hechos. Defendían la versión de la familia que necesitaban conservar.
Javier era el hijo exitoso, el empresario que había levantado una consultora tecnológica en Madrid y pagaba vacaciones familiares.
Marta era la mujer impecable de las fotografías de cumpleaños y viajes.
Lucía era la niña sonriente de los vídeos.
Aceptar la verdad significaba admitir que todas aquellas imágenes podían haber convivido con algo oscuro.
Para algunos