nuestra casa en Querétaro, mirando el cuadro doblado de su bicicleta sin decir una palabra, me dolió más que cualquier discusión.
Rogelio había salido de reversa de su cochera sin fijarse.
La bicicleta estaba apoyada junto a nuestra entrada, perfectamente visible.
Aun así, él se cruzó de brazos.
—Pues también tiene que aprender a cuidar sus cosas.
Sentí que me hervía la sangre.
—Tú la atropellaste.
—Fue un accidente.
—Entonces hazte responsable.
Rogelio soltó una risa.
—Si quieres dinero, demándame.
Mateo me tomó del brazo antes
de que la discusión