nuestro timbre.
Era Rogelio.
Pero ya no venía sonriendo.
Traía el rostro rojo de coraje y sostenía una hoja arrugada entre los dedos.
—¡Quiero hablar con tu hijo!
Me puse frente a la puerta.
—Primero hablas conmigo.
Rogelio levantó el documento.
—¿Tienes idea de lo que hizo?
Mateo apareció detrás de mí.
—Sí. Claro que sé.
Rogelio lo señaló.
—Por culpa de esto me citaron mañana en la administración.
Miré a Mateo.
—¿Qué entregaste?
Mi hijo respiró hondo.
—Solo les mostré algo que Rogelio olvidó mencionar cuando dijo que la