casi perdimos nuestra casa.
Y al dolor que más nos marcó:
nunca pudimos tener hijos.
Lo intentamos durante años.
Tratamientos.
Especialistas.
Una pérdida a las once semanas.
Después otra.
Finalmente dejamos de intentarlo.
Alejandro jamás me hizo sentir culpable.
—Tú eres mi familia —me decía.
Yo le creí.
Dos días después del funeral encontré el sobre.
Y conduje casi tres horas desde Querétaro hasta Morelia.
La dirección correspondía a una casa modesta.
Toqué.
Abrió una mujer de aproximadamente cuarenta años.
Cabello oscuro.
Ojos cafés.
Y una expresión que cambió en