Después de cinco años bañando a mi esposo paralítico, lo escuché reírse y decir que yo era “una enfermera gratis”. Ese día no grité… ese día empecé a quitarle todo sin que se diera cuenta.

esperando su voz.

“Brenda.”

“Brenda, agua.”

“Brenda, voltéame.”

“Brenda, no seas inútil.”

Pero Claudia estaba en la sala.

Y cada vez que el impulso de levantarme me jalaba, apretaba la almohada y me repetía:

No soy cruel.

Estoy

viva.

A la mañana siguiente, Esteban no me habló.

Mejor.

Hice café, calenté una concha que yo sí compré para mí y me senté en la mesa.

La primera mordida me supo a culpa.

La segunda, a victoria.

A las diez llegó mi abogada, la licenciada Rebeca Salas.

Entró con tacones bajos,