esperando su voz.
“Brenda.”
“Brenda, agua.”
“Brenda, voltéame.”
“Brenda, no seas inútil.”
Pero Claudia estaba en la sala.
Y cada vez que el impulso de levantarme me jalaba, apretaba la almohada y me repetía:
No soy cruel.
Estoy
viva.
A la mañana siguiente, Esteban no me habló.
Mejor.
Hice café, calenté una concha que yo sí compré para mí y me senté en la mesa.
La primera mordida me supo a culpa.
La segunda, a victoria.
A las diez llegó mi abogada, la licenciada Rebeca Salas.
Entró con tacones bajos,