No es mi culpa que tú seas resentida.
—No. Tu culpa es haber disfrutado el dinero mientras me tratabas como empleada.
Se quedó en la puerta, más joven de lo que parecía cuando se burlaba.
—Mi mamá decía
que tú te habías quedado con mi lugar.
Eso me detuvo.
Por primera vez vi al niño detrás del hombre grosero.
Pero no cometí el error de cargarlo.
—Entonces ve a terapia, Tomás. No a mi cartera.
Se fue azotando la puerta.
Dos semanas después, Esteban tuvo una infección urinaria.
Antes, yo