por las que se acercó al ataúd.
No era una revelación extraordinaria.
Era simplemente conocer a alguien.
Saber qué ropa odiaba.
Saber cómo tomaba el café.
Saber que hablaba durante años de lo que quería hacer con sus libros, pero jamás había mencionado una cremación.
Saber que la prisa de Álvaro no se parecía a ninguna decisión que Lucía hubiera compartido con ella.
Elena dobló el vestido y lo guardó con las pertenencias que todavía debían permanecer disponibles mientras el caso seguía abierto.
No lo convirtió en reliquia.
No quería