las seis, Ethan volvió a llamar.
Esta vez contesté.
—Amelia.
Su voz sonó cansada.
—¿Qué necesitas?
Hubo una pausa.
—No debiste irte así.
Me quedé mirando las montañas detrás de la ventana.
—¿Cómo debía irme? ¿Despacio? ¿Con permiso?
—No quise decir eso.
—Entonces dilo bien.
Ethan suspiró.
Durante años, yo había aprendido a interpretar sus silencios. A saber cuándo estaba frustrado, cuándo tenía miedo, cuándo necesitaba que lo dejara solo. Ahora, sin embargo, sus silencios me parecían extranjeros.
—La prensa está exagerando todo —dijo al fin—. Lily no se mudó