mayor rentabilidad.
Pero eso ya no era lo que más me importaba.
Lo que me importaba era lo que ocurrió un viernes a las 6:13 de la tarde.
Sonó la campanita.
Ethan entró.
Sin abogados.
Sin SUV.
Sin traje.
Llevaba jeans, una camisa azul y aquella vieja bufanda gris.
Traía una bolsa de hamburguesas.
–¿Qué haces aquí?
–Vine a trabajar.
–Eres dueño de una compañía con miles de empleados.
–Y aparentemente ninguno sabe limpiar este piso como yo.
Miré el suelo.
–Tú tampoco.
Dejó la comida sobre una mesa.