blanco.
Ethan me ayudaba a cerrar cuando alguien golpeó la puerta.
Los 2 nos giramos.
Afuera había un joven abrazándose los brazos bajo la nieve.
Ethan caminó hacia la entrada.
Abrió inmediatamente.
–Entre.
El muchacho miró nuestras vitrinas.
–No tengo dinero.
Ethan se quedó inmóvil.
Después me miró.
Yo no tuve que decir nada.
Él sonrió.
–No le pregunté si podía pagar.
Aquella noche entendí que mi abuela tenía razón.
A veces una puerta abierta no cambia solamente la vida de quien entra.
También cambia a quien aprende a abrirla.