la casa de mi hijo.
—Te estoy pidiendo que salgas de la casa de Valeria y mía.
—Por ella.
—Por lo que pasó aquí.
Teresa empezó a llorar.
No era una actuación evidente.
Mi madre estaba dolida.
Y yo también.
Durante unos segundos tuve la tentación de sentarme junto a ella y decirle que encontraremos otra forma, que quizá podía quedarse unos días, que tal vez con reglas nuevas todo se arreglaría.
Era exactamente el tipo de negociación que me había llevado hasta ahí.
Así que no la