creo que llegó el momento —dijo—. Ven a la peluquería».
Una hora después, Norma cerró la puerta con llave y bajó las persianas. Volvió del cuarto de atrás con una caja grande de madera y la puso frente a mí.
—Rodrigo me pidió que te la diera solo si él ya no podía explicártelo.
La abrí. No había pelo. Había cartas. Decenas. Algunas escritas por niños, otras por mujeres. Fotografías de antes y después del tratamiento. Dibujos. Tarjetas. En una decía, con letra de niña: «Gracias a la señora del