que vio fue la caja. Cerró los ojos.
—Ya lo sabes.
—Sí.
—Marcela…
—No. Ahora hablas solo cuando yo pregunto.
Asintió despacio.
—¿Adela era tu hermana?
—Sí.
—¿Le prometiste que ayudarías a otras personas?
—Sí.
—Entonces, ¿por qué no me pediste permiso?
Rodrigo empezó a llorar. En veinte años lo había visto llorar solo dos veces.
—Porque la primera vez tuve miedo de que dijeras que no.
—¿Y después?
—Me dio vergüenza reconocer lo que había hecho. Cada año era más difícil contarte la verdad.
—Así que seguiste decidiendo por