se sintiera incómodo. Les pregunté qué debía hacer.”
La cabina permaneció en silencio.

“Me dijeron que comprara el asiento de al lado.”
Marcus hizo una pausa.
“Y eso hice.”
La azafata volvió a mirar los billetes.
Su expresión cambió.
Esta vez, ya no había incertidumbre.
Solo vergüenza.
“Lo siento mucho, señor.”
Marcus no dijo nada.
La disculpa quedó suspendida en el aire.
Entonces una voz habló detrás de él.
“Bueno, ¿y cómo se suponía que íbamos a saberlo?”
Era la misma mujer que se había estado quejando antes.
Ahora tenía