yo era rica.
Ese era su arrepentimiento.
No haberme herido.
No haberme humillado.
No haber contribuido a destruir mi matrimonio.
Su tragedia era descubrir que había despreciado a la mujer equivocada.
Rodrigo cayó de rodillas.
—Mariana, podemos empezar de nuevo.
Lo observé sin sentir nada.
Aquello fue lo más sorprendente.
Durante semanas había imaginado ese momento pensando que sentiría rabia.
Pero frente a mí ya no estaba el hombre al que había amado.
Solo un extraño aterrado porque acababa de calcular cuánto dinero había perdido.
—Cinco años —dijo—. No puedes