había comenzado dos meses antes.
Aquella tarde recibí una llamada de Madrid. Mi tía Isabel, la única hermana de mi madre, había muerto después de una enfermedad larga. Nunca tuvo hijos y durante décadas había construido una pequeña fortuna entre restaurantes, inversiones y propiedades.
Yo era su única heredera.
Más de cinco millones de dólares.
Recuerdo haber comprado salmón, vino y flores para contarle a Rodrigo. Pensaba decirle que ya no tendría que soportar a su jefe, que podríamos comprar nuestra propia casa y que Teresa tendría una vejez tranquila.