falso.
Y mucho menos que la supuesta heredera de apellido importante no se llamaba Renata.
Se llamaba Camila.
Era actriz.
Y yo le había pagado para conocer el verdadero precio de la lealtad de mi marido.
Esa noche, mientras ellos brindaran por haberme echado de su vida, yo misma iba a presentarme en el banquete.
Porque el divorcio no era el final de mi matrimonio.
Era la señal de que podía levantarse el telón.
Y ellos todavía no podían imaginar lo que estaba a punto de pasar.
PARTE 2
Todo