llamada sin insultarla y sin amenazarla.
Tampoco le ofreció regresar.
La decisión estaba tomada.
Durante los días siguientes, Sophia mejoró.
Lo hizo de la manera poco espectacular en que mejoran los niños cuando finalmente pueden descansar: durmiendo mucho, tomando líquidos, pidiendo caricaturas y quejándose de que la comida no sabía a nada.
Su cumpleaños había quedado completamente opacado por todo aquello.
El pastel rosa con unicornio que yo había recogido aquella tarde no llegó a convertirse en el centro de la celebración que ella había imaginado.
Cuando Sophia estuvo mejor,