El tercer golpe desapareció en el silencio.
Toc.
Toc.
Toc.
No fue fuerte.
Pero estaba demasiado cerca.
Mia levantó la mirada hacia mí.
—¿Lo oyó?
No respondí.
Me acerqué lentamente al librero.
Mia retrocedió un paso, protegiendo instintivamente a la bebé que llevaba en la espalda.
—Quédate aquí.
Moví uno de los libros.
Nada.
Deslicé la mano por el borde de la estantería.
Entonces sentí algo.
Una corriente de aire frío.
Fruncí el ceño.
—¿Desde cuándo escuchas esto?
Mia pensó unos segundos.
—Desde hace meses.
—¿Meses?
Asintió.
—Mamá dice que