la bolsa.
No la acepté.
Cuando cerré la puerta, me temblaban las piernas.
La firmeza quedaba mucho mejor en mis fantasías.
En la vida real tuve que sentarme en el suelo y respirar hasta dejar de sentir el corazón en la garganta.
Llamé a una amiga.
Después busqué una abogada independiente.
Quería comprender mis opciones y dejar por escrito, cuando correspondiera, cómo organizaríamos las responsabilidades hacia el bebé.
Esta vez nadie iba a explicarme que aceptar lo que me ofrecían era una forma de agradecimiento.
Julian llegó aquella tarde.
No