no la tomarás tú solo.
Adrian no respondió. Por primera vez, parecía entender que ninguna cantidad podía comprar el lugar que había abandonado.
Volví a casa con Thomas. Desde el pasillo llegaban las voces suaves de las cuidadoras y el pequeño llanto de uno de los niños. Dejé el teléfono en silencio y fui a verlos.
Noah despertó cuando me incliné sobre su cuna. Nathaniel movió una mano diminuta bajo la manta.
Adrian había creído que, al echarme, se quedaba con todo.
Pero sus mayores tesoros nunca fueron la casa,