podía pensar en otra cosa. Y la paciencia nunca ha sido mi fuerte: di la vuelta al auto y manejé directo a su casa.
Al llegar vi, tras la ventana del garaje, el mismo resplandor rojo que Mateo había descrito. No imaginaba que lo que había detrás de esa puerta llevaba cuarenta años esperándome.
La puerta del garaje
Valeria abrió la puerta de la casa con el rostro blanco. Detrás apareció su esposo, Andrés, con las manos manchadas de algo oscuro. “Mamá, esto no estaba previsto así”, dijo ella. Mateo