las consultas, cómo seguir trabajando y cómo evitar que las deudas terminaran por llevarse lo poco que tenían.
Y Mateo ya no estaba.
Se había ido con la promesa de regresar cuando tuviera dinero.
Después dejó de contestar.
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Cambió de número.
Las cartas que Lucía enviaba al lugar donde antes podían encontrarlo regresaban sin respuesta.
Mientras tanto, ella siguió adelante.
Trabajó en la milpa.
Remendó ropa ajena por las noches.
Vendió comida los domingos.
Y llevó un embarazo que exigía más de lo que sus fuerzas podían darle.
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