que su padre le había dejado antes de morir.
Aquel objeto había estado en su vida mucho antes de conocer a Lucía. Lo había conservado durante años, incluso cuando no tenía dinero para pagar una deuda pequeña. Para él era una pieza de su pasado, algo que pertenecía a su familia y que nunca había imaginado perder.
Lucía lo había vendido para que uno de sus hijos pudiera recibir atención cuando más la necesitaba.
Mateo dejó el recibo sobre la mesa.
—¿Por qué nunca me dijiste?
Lucía lo miró directamente.
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