ninguno de los dos se atrevía a nombrar.
Hasta que una tarde, medio en broma y medio aterrorizado, le pregunté:
—¿Y si nos casáramos ahora… para que ninguno de los dos tenga que estar solo nunca más?
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
Luego susurró:
—He esperado toda mi vida a que me preguntaras eso.
Semanas después, nos casamos. Ella llevaba seda blanca, y cuando me sonrió, volví a sentirme como si tuviera diecisiete años. ❤️
Esa noche, después de que los invitados se fueran y la casa finalmente quedara en