durante años como el gran logro de mi hermano no era tan sencilla como parecía.
Había dinero familiar detrás.
Había obligaciones pendientes.
Y ahora había una deuda que amenazaba con arrastrar a mis padres con él.
Llamé a mi papá.
Esta vez no contestó al primer intento.
Al segundo, sí.
—¿Por qué nunca me dijiste esto?
—Porque no queríamos preocuparte.
—No, papá.
—¿Qué?
—Porque querían proteger a Alejandro.
No lo negó.
Eso me dolió más que cualquier explicación.
—Mariana, tu hermano se equivocó.
—¿Una vez?
—Ha tenido problemas.
—Y ustedes