los han pagado.
Mi papá respiró con fuerza.
—Es mi hijo.
—También soy tu hija.
Otra vez silencio.
Esta vez no sentí necesidad de llenarlo.
Sofía se acercó y me preguntó si ya habíamos decidido qué hacer ese día.
Le dije que sí.
Íbamos a salir.
No quería que mis hijos pasaran sus vacaciones escuchando conversaciones sobre deudas familiares.
Guardé el teléfono.
Y por primera vez en varios días, dejé de pensar en Alejandro.
Al menos por unas horas.
Cuando regresamos al hotel, encontré varios mensajes de mi mamá.
El