una explicación, seguía con una justificación y terminaba con alguien pidiéndome paciencia.
Esta vez no hubo ninguna de las tres.
—¿Qué pasó?
—Tu hermano tiene una deuda.
Miré a Sofía, que estaba revisando las fotos que había tomado el día anterior, y luego a Mateo, que intentaba decidir cuál de los panes del desayuno podía considerarse un postre.
—¿De cuánto?
Mi papá tardó unos segundos en contestar.
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—Casi quinientos ochenta mil pesos.
No dije nada.
No porque la cantidad no me impresionara, sino porque había algo más que no