Mi padre me echó de mi propia villa y se la entregó a mi hermana… pero olvidó un detalle: la casa nunca fue suya

apareció detrás de mí.

—¿Te arrepientes de haberle dejado entrar?

Pensé unos segundos.

—No.

—¿Has olvidado lo que hizo?

—Tampoco.

Ella asintió.

Ya entendía la diferencia.

Entonces me entregó una copa.

—Por cierto, papá ha preguntado dónde puede dormir.

La miré.

—Hay un hotel estupendo a quince minutos.

Olivia empezó a reír.

Yo también.

Algunas cosas podían perdonarse sin necesidad de recuperar las antiguas costumbres.

Cuando todos se marcharon aquella noche, cerré la puerta.

Giré la llave.

Después caminé hasta la chimenea.

Allí seguían las dos cosas que había decidido