inofensivas.
Una moneda bajo el plato del novio.
Una vela prendida por los muertos.
Una copa que nadie podía tocar antes de medianoche.
Pero cuando alguien cuestionaba alguna de sus reglas, Ernesto explotaba.
Gritaba.
Dejaba de hablarle a sus hijos.
Convertía cualquier desacuerdo en una traición.
—¿Y nunca le dijiste a Daniel que muchas de esas cosas eran inventadas?
Teresa guardó silencio.
—Una vez intenté enfrentar a Ernesto. Pasó casi dos semanas sin hablarme.
La miré.
—Tu silencio me puso esta noche en una cama con él.
Teresa bajó la