cabeza.
—Lo sé.
Daniel apareció en la cocina.
—Mariana, vámonos a otra habitación. Mi papá ya se fue.
—Tu padre no es mi único problema.
—Yo no sabía lo del cordón.
En ese momento su teléfono vibró.
La pantalla se encendió.
Vi el nombre.
PAPÁ.
Y debajo, parte del mensaje.
“No dejes que se vaya. Todavía no terminamos.”
Sentí algo extraño.
No miedo.
Claridad.
Extendí la mano.
—Dame tu teléfono.
Daniel lo guardó.
—Son conversaciones privadas.
—Dámelo.
—Mariana…
Teresa intervino.
—Entrégaselo.
Daniel la miró furioso.
—Mamá, no te metas.
—Ya