a su padre de esa forma.
Pero ya no me provocó alivio.
Yo necesitaba que lo hubiera hecho antes de meterme en aquella cama.
Llamé a mi tío Mauricio.
Vivía a treinta minutos.
—¿Puedes venir por mí?
No preguntó nada.
—Voy para allá.
Mientras esperaba, tomé fotografías de los mensajes entre Daniel y Ernesto.
Me envié las capturas a mi correo.
Guardé también la grabación de la cocina.
No quería destruir a nadie.
Quería una prueba.
Porque conocía cómo funcionan ciertas familias.
Al día siguiente empezarían las frases.
“Solo fue