fuera.
Me hice a un lado.
Daniel pareció sorprendido.
—Café —dije.
Sus ojos se abrieron un poco.
—¿Eso es todo?
—Eso es todo.
Sonrió.
Y esta vez, no odié su sonrisa.
Pasaron los meses.
Lentamente.
Dolorosamente.
Honestamente.
No fingimos que el pasado no había ocurrido.
Hablamos de ello.
A veces discutíamos.
A veces yo lloraba.
A veces Daniel tenía que escuchar cosas que no quería oír.
Y a veces yo tenía que admitir que nuestro matrimonio no había fracasado por culpa de una sola persona.
Casi un año después de