reaccionó con una rapidez aterradora. Dejó la charola en una mesa, dio 3 pasos rápidos hacia él y le tapó la boca con su mano temblorosa. “¡Silencio, señor!”, susurró, con los ojos llenos de un pánico absoluto que él jamás había visto.
“Por el amor de Dios, no hable, no haga ni un solo ruido”, le rogó. En todos los años que llevaba trabajando para la familia, María jamás lo había tocado ni le había hablado con esa urgencia. “Señor, venga conmigo ahora mismo antes de que sea demasiado