con el salón principal. Se sentía como un extraño, un intruso en su propio hogar. Y entonces apareció ella. María, la muchacha que llevaba años limpiando cada rincón de esa enorme casa. Venía cargando una charola de plata con copas vacías, y al verlo parado en las sombras, se quedó congelada como si viera a un fantasma.
La charola tembló en sus manos. Una copa resbaló y se hizo pedazos contra el piso de mármol. Alejandro abrió la boca para calmarla y decirle que no pasaba nada, pero María