Entonces vi sangre.
Una pequeña mancha sobre una tabla.
El corazón empezó a golpearme.
—Sarah.
Corrí.
El pasadizo terminaba en una escalera estrecha que descendía hacia el sótano.
Encontré otro objeto en el tercer escalón.
El teléfono de Sarah.
La pantalla estaba rota.
Lo recogí.
—Voy a llamar a la policía.
Mi madre palideció.
—No.
La miré.
—¿Por qué no?
—Porque parecerá que tú…
Se detuvo.
—¿Que yo qué?
Silencio.
Entonces entendí.
Yo había encerrado a Sarah.
Yo había girado la llave.
Yo había ignorado sus súplicas.
Y después había