irse.
Entonces se rompió.
Fue la primera vez que la vi llorar.
—No se lleven a Renata.
La abrazó tan fuerte que Elvira tuvo que hablarle despacio.
—Van juntas, mi niña.
Camila no escuchaba.
—Yo puedo trabajar más.
—No.
—No necesito comer.
—Camila…
—Puedo limpiar toda la casa.
Su voz se quebró.
—Por favor, no me quiten a mi hermana.
La trabajadora social me miró.
—Existe una posibilidad.
Puso varios documentos frente a mí.
—Puede iniciar el proceso para convertirse en familia de acogida.
Firmé.
Ni siquiera terminé de leer.