“Puedo limpiar, cocinar, hacer lo que sea. Mi hermanita solo necesita leche”, me dijo una niña de 8 años mientras cargaba a una bebé hambrienta en el vestíbulo de mi empresa. No discutí ni llamé a seguridad. Escribí una sola frase en una hoja y respondí: “Entonces estás contratada”. Pero cuando cayó de su mochila una lista escrita con crayón, entendí quién las había abandonado.

irse.

Entonces se rompió.

Fue la primera vez que la vi llorar.

—No se lleven a Renata.

La abrazó tan fuerte que Elvira tuvo que hablarle despacio.

—Van juntas, mi niña.

Camila no escuchaba.

—Yo puedo trabajar más.

—No.

—No necesito comer.

—Camila…

—Puedo limpiar toda la casa.

Su voz se quebró.

—Por favor, no me quiten a mi hermana.

La trabajadora social me miró.

—Existe una posibilidad.

Puso varios documentos frente a mí.

—Puede iniciar el proceso para convertirse en familia de acogida.

Firmé.

Ni siquiera terminé de leer.