Camila me observó desde el otro lado de la mesa.
No sonrió.
Ya había aprendido que las promesas de los adultos no significaban nada hasta sobrevivir al día siguiente.
Antes de irse, guardó mi hoja del “trabajo” junto al papel escrito con crayón.
Yo creí que lo difícil había terminado.
Me equivocaba.
La trabajadora social recogió mis documentos y me miró fijamente.
—Señor Salgado, durante los próximos meses investigaremos su casa, su vida, sus relaciones y hasta la forma en que maneja su tiempo.
Asentí.
Entonces añadió.
—Y si descubrimos