no estaba vacía.
Me senté en el piso.
—Esta noche no voy a terminar.
Camila miró las migajas.
Luego a mí.
—Está sucio.
—Sí.
—Mañana seguirá aquí.
—Probablemente.
—¿Y no pasa nada?
—Vamos a averiguarlo.
Permaneció de pie casi un minuto.
Después se sentó frente a los gabinetes.
No limpiamos nada.
A la mañana siguiente la casa seguía allí.
Fue una lección sencilla.
Tuvimos que repetirla muchas veces.
Camila derramó jugo y esperó mi reacción.
Solo limpié el líquido.
Un día olvidó guardar los juguetes.
Nadie gritó.
Otra tarde se