“Puedo limpiar, cocinar, hacer lo que sea. Mi hermanita solo necesita leche”, me dijo una niña de 8 años mientras cargaba a una bebé hambrienta en el vestíbulo de mi empresa. No discutí ni llamé a seguridad. Escribí una sola frase en una hoja y respondí: “Entonces estás contratada”. Pero cuando cayó de su mochila una lista escrita con crayón, entendí quién las había abandonado.

No.

—Verónica también empezó llegando tarde.

Dejó la escoba.

—Después dejó de llegar.

Su voz se hizo pequeña.

—Si yo ayudo más, tal vez no te canses de nosotras.

Me acerqué, pero no intenté abrazarla.

Todavía no.

Recogí la escoba.

La apoyé contra la pared.

—Mi papá tenía una regla cuando yo era niño.

Camila me miró.

—Nadie descansaba hasta terminar el trabajo.

Señalé la cocina.

—Por eso llevo 30 años buscando cosas que todavía faltan.

Quedaban migajas debajo de la mesa.

Había un vaso en el fregadero.

La basura