No.
—Verónica también empezó llegando tarde.
Dejó la escoba.
—Después dejó de llegar.
Su voz se hizo pequeña.
—Si yo ayudo más, tal vez no te canses de nosotras.
Me acerqué, pero no intenté abrazarla.
Todavía no.
Recogí la escoba.
La apoyé contra la pared.
—Mi papá tenía una regla cuando yo era niño.
Camila me miró.
—Nadie descansaba hasta terminar el trabajo.
Señalé la cocina.
—Por eso llevo 30 años buscando cosas que todavía faltan.
Quedaban migajas debajo de la mesa.
Había un vaso en el fregadero.
La basura