“Puedo limpiar, cocinar, hacer lo que sea. Mi hermanita solo necesita leche”, me dijo una niña de 8 años mientras cargaba a una bebé hambrienta en el vestíbulo de mi empresa. No discutí ni llamé a seguridad. Escribí una sola frase en una hoja y respondí: “Entonces estás contratada”. Pero cuando cayó de su mochila una lista escrita con crayón, entendí quién las había abandonado.

repetido aquello cientos de veces.

—¿Cómo te llamas? —pregunté.

—Camila.

—¿Y ella?

—Renata.

—¿Cuántos meses tiene?

—11.

—¿Dónde está tu mamá?

La expresión de Camila cambió.

No lloró.

Solo retrocedió medio paso.

—No tenemos mamá.

Patricia me miró.

Yo me agaché para quedar a la altura de Camila.

—¿Cuándo comió Renata por última vez?

—Anoche.

—¿Y tú?

Camila no respondió.

Entonces entendí que había formulado la pregunta equivocada.

—¿Cuándo comiste tú por última vez?

Miró el piso de mármol.

—Ayer en la escuela.

Sentí que algo se me cerraba en