“Puedo limpiar, cocinar, hacer lo que sea. Mi hermanita solo necesita leche”, me dijo una niña de 8 años mientras cargaba a una bebé hambrienta en el vestíbulo de mi empresa. No discutí ni llamé a seguridad. Escribí una sola frase en una hoja y respondí: “Entonces estás contratada”. Pero cuando cayó de su mochila una lista escrita con crayón, entendí quién las había abandonado.

el pecho.

El jefe de seguridad se acercó.

—Señor Salgado, puedo llamar a una patrulla y sacar a las niñas del edificio.

Levanté la mano.

—No.

Camila me observó.

Miré el anuncio de trabajo.

Luego la miré a ella.

—¿Querías trabajar?

Asintió.

—Entonces estás contratada.

Patricia casi dejó caer el teléfono.

Llevé a las niñas a una sala de juntas pequeña.

Pedimos leche de fórmula, pañales, ropa seca y comida.

Mi directora jurídica, Laura Cárdenas, llegó 15 minutos después.

—Alejandro, no puedes contratar a una niña de 8 años.

—Ya