el pecho.
El jefe de seguridad se acercó.
—Señor Salgado, puedo llamar a una patrulla y sacar a las niñas del edificio.
Levanté la mano.
—No.
Camila me observó.
Miré el anuncio de trabajo.
Luego la miré a ella.
—¿Querías trabajar?
Asintió.
—Entonces estás contratada.
Patricia casi dejó caer el teléfono.
Llevé a las niñas a una sala de juntas pequeña.
Pedimos leche de fórmula, pañales, ropa seca y comida.
Mi directora jurídica, Laura Cárdenas, llegó 15 minutos después.
—Alejandro, no puedes contratar a una niña de 8 años.
—Ya