Durante 11 años, mi esposo me presentó como “Mariana, mi esposa” y repetía que sin su apellido yo no era nadie. El día del divorcio tomó las llaves de Valle de Bravo, se rio y dijo: “¿Duele perder?”. Yo no discutí; solo respondí: “Pregúntame mañana”. Esa misma noche, frente a 327 invitados, las pantallas de su boda se encendieron y por primera vez Alejandro escuchó mi verdadero cargo y el nombre de mis 14 empresas.

“¿Qué pasa?”.

“Eligieron el Gran Mirador.”

“Sí.”

“¿Alejandro sabe?”.

Hubo silencio.

“No creo.”

Me acerqué al ventanal mientras anunciaban mi vuelo.

Alejandro conocía perfectamente aquel hotel.

Habíamos cenado allí.

Habíamos ido a galas allí.

Incluso había presumido reuniones de negocios desde su terraza.

Lo que nunca había preguntado era quién figuraba detrás de la empresa propietaria.

Mi teléfono vibró otra vez.

Esta vez era un correo del gerente general del hotel.

Señora Valdés, el evento Robles-Salgado está listo.

Asistencia confirmada: 327 personas.

Miré el avión esperando en la pista.

Alejandro