puedo.
Mamá comenzó a llorar.
Pero esta vez no cambié de opinión.
La operación se suspendió.
Creí que aquello terminaría allí.
Me equivoqué.
Dos días después, el agente inmobiliario me llamó.
—Señorita Ortega, encontramos algo extraño en el expediente.
Mis padres habían entregado una carta afirmando que parte del dinero utilizado para comprar la propiedad provenía de una cuenta familiar.
No era cierto.
Los 9,8 millones estaban en una cuenta exclusivamente mía.
Entonces apareció otro documento.