A los 48 años, Mariana dejó la cantina escolar para buscarse a sí misma: una historia de reencuentro personal

reído al verla tambalearse dentro del restaurante de lujo al que la había llevado a cenar.

—Mariana, tienes que aprender a caminar como una reina —le dijo sonriendo.

Y ella, mareada por la atención, había intentado parecer alguien distinta. Tras años usando únicamente zuecos de cocina y deportiva barata del mercado, se encontraba encaramada en unas de marca que costaban la mitad de su salario. Toda la noche caminó por el hotel, sobre el mármol pulido, sonriendo y fingiendo sentirse cómoda. Por la mañana, apenas podía sentarse.

Comenzó a reírse