no había ocurrido.
Hablamos de ello.
A veces discutíamos.
A veces yo lloraba.
A veces Daniel tenía que escuchar cosas que no quería oír.
Y a veces yo tenía que admitir que nuestro matrimonio no había fracasado por culpa de una sola persona.
Casi un año después de
aquella noche lluviosa, Daniel me llevó de vuelta al pequeño restaurante donde me había pedido matrimonio por primera vez quince años antes.
No llevó un anillo.
Buscar mediación
No se arrodilló.
Simplemente extendió la mano sobre la mesa y sostuvo la mía.
—¿