No tengo coche. Marta sí.
No tengo una casa con jardín. Marta sí.
No tengo marido; el mío me dejó hace once años. Marta tiene a Klaus: un hombre callado, pero con un buen sueldo y un coche con aire acondicionado.
Por eso era Marta quien cada verano se llevaba a mamá a su casa. Nadie lo cuestionaba. Todo parecía perfecto: una hija con una casa en el campo invitaba a su madre mayor para que descansara al aire libre.
¿Qué podía haber de malo en eso?
Durante todos esos