años llamaba a mamá todos los días.
Me hablaba del jardín de Marta, de los tomates, de las conservas que preparaban.
Siempre le preguntaba:
—Mamá, ¿estás bien allí?
Y ella respondía:
—Sí, hija. Aquí todo es tan tranquilo.
Y yo le creía.
Pero aquel miércoles dijo algo que se me quedó clavado como una astilla.
—Irenka, no quiero preocupar a Marta. Ella se esfuerza muchísimo. Pero desde el martes estoy aquí sola. Hay que darle de comer al perro dos veces al día. No puedo ir caminando hasta la tienda